Cultura & Folclor

Leandro Díaz dejó de suspirar y llorar

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Leandro Díaz dejó de suspirar y llorar

Mensaje  Cheque chimbo el 23rd Junio 2013, 11:53 pm

Un gran adiós le dieron miles de personas al compositor y maestro Leandro Díaz en Valledupar.

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Desde la tarima ‘Francisco El Hombre’, de la emblemática plaza ‘Alfonso López’, en Valledupar, miles de personas se encargaron de darle el último adiós al último juglar Leandro Díaz. A ritmo de acordeón, íconos de la cultura vallenata como el cantante samario Carlos Vives, Poncho Zuleta, Jorge Oñate e Iván Villazón, despidieron a una leyenda que, a sus 85 años, dejó de existir en el mundo terrenal en la madrugada del sábado. Amigos, familiares y seguidores acompañaron el féretro hasta su última morada, en el cementerio central de Valledupar.
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Lo primero que compró Leandro Díaz con lo producido de la música fue una hamaca, desde en-tonces se dio cuenta de que podía vivir de sus canciones.
 
Se secó el cardón guajiro, dejó de llorar y  suspirar el hombre que veía con los ojos del alma, un ser al que las áridas tierras de La Guajira, parecieren  haberle  sembrado un oasis en su mente, en donde  florecieron  letras y melodías que dieron a conocer las penurias y los amores de un ser invidente,  que por tal condición vivió  en su infancia hasta la discriminación familiar.
Leandro Díaz Duarte, tal vez el último juglar del vallenato se fue a la eternidad; dada su rica historia musical y la grandeza de su obra, tomaremos parte de todo ese periplo que en vida recorrió, y a manera de homenaje relataremos   en primera persona parte de sus vivencias.
Después de la salida de mi familia de Alto Pino donde nací y sufrí el abandono por mi condición de invidente, mi padre se instaló en la región de Tocaimo, entorno que me sirvió para forjar un camino que aunque utópico, me permitió ‘ver’ la luz al final del túnel.
Fue con el maestro ‘Toño’ Salas, hijo de la ‘vieja’ Sara, madre también de Emiliano Zuleta Baquero, con quien batallé perennemente, surcamos caminos de  inhóspitos desafíos para que la gente conociera el vallenato, era una misión en la que me empeñé  desde cuando tenía siete años buscando sacudir el lastre de una pobreza y de mi misma condición física.
Natural es aquella persona que sin estudio también se defiende” así lo canté en un tema titulado ‘Mí Memoria’ y que me lo grabó Diomedes Díaz con ‘Colacho’ Mendoza.
Allí plasmo el desarrollo de mi sabiduría, la que me llegó de una forma natural, como por ejemplo,  cuando sin haber adelantado ningún proceso formativo en parasicología, me las di de adivino buscando con eso llamar la atención para salir no sólo del oscuro corredor de mi invidencia sino del mismo abandono de mi círculo afectivo, lo mejor fue que en muchas cosas acertaba.
 
85
Años tenía el juglar cuando la muerte lo sorprendió “una mañana cualquiera”, tal como cuando nació.
 
La música, mi salvación
Pero mi verdadera emancipación la encontré en la música, musa que me comenzó a llegar desde cuando palpaba el aroma de las mujeres que acudían a mi ‘consultorio’.
Yo nací una mañana de invierno un 20 de febrero de 1928, un día de carnaval entre tunas y cardones en Alto Pino, región de Barrancas, La Guajira, pero las raíces musicales absorbieron la esencia de la popularidad en Tocaimo  en las propias faldas de la Serranía del Perijá, región de San Diego.
A ese pueblo se fue a vivir  mi padre, y en  ese trance ‘serrano’, la Ninfa Eco me repetía premonitoriamente  en las faldas de los cerros,  las estrofas de los versos que me catapultarían después, colocando un lente divino   a los  ojos de mi alma,  lo que me permitiría describir con canciones los aconteceres de mí alrededor.
A los 17 años comencé  mis primeras giras acompañado de una dulzaina y una guacharaca, instrumentos con los que le daba moldura a los versos, una estrategia que me permitió ganarme la confianza de los conductores que me transportaban, a quienes les pagaba el pasaje con canciones.
 
Rancheras, boleros y mambos
Cuando el vallenato apenas asomaba a los linderos de la popularidad, los creadores criollos de música teníamos que soportar la incidencia de aires foráneos  que imperaban, por eso muchos nos curtimos cantando géneros extranjeros, yo por ejemplo con mi dulzaina cantaba rancheras, boleros, valses y hasta mambos de Pérez Prado, con cuyo repertorio amenicé muchas parrandas y bailes.
La primera canción la hice a los 17 años, se llamó  ‘La Loba Ceniza’,  tema que apareció posteriormente como de la autoría de Abel Antonio Villa,  fue uno de los  primeros ‘raponazos’ que hubo  dentro de un folclor donde la parte económica para entonces no representaba ninguna prebenda.
Tuve muchas flaquezas, sobrevivir en mi estado de invidencia terminaba dándome más valor y confianza en Dios y terminaba ‘disparando’ más verso y melodías alusivas a mi temperamento, tal como lo narré:
Él sabía que si me abandonaba
ninguno cantara como canto yo.
He sabido librar la batalla...
¡No hay que negar la existencia de Dios
!”
La primera canción me la grabó Luis Enrique Martínez, la titulé: ‘A mí no me consuela nadie’, pero Luis Enrique al momento de grabarla me le cambió el nombre y le puso ‘Esperanza perdida’.
Mi primer apellido debió haber sido Duarte, porque mi padre se llamó Abel Duarte, pero antes cuando uno era hijo natural le ponían el de la madre, por eso llevo el de mi madre María Ignacia Díaz, quien le parió a mi padre 15 hijos.
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Leandro Díaz dejó de ser grande para ser inmortal". Así sentenció ayer su hijo Ivo Díaz en el sepelio de su padre el legado que dejó el compositor vallenato, uno de los más queridos y admirados de este folclor. A Leandro, Valledupar no dejó de rendirle homenaje durante el fin de semana. Fue despedido con honores, como lo merece un juglar de su talla.
El compositor de las clásicas 'Matilde Lina' y la 'Diosa Coronada', que murió la madrugada del sábado, fue puesto en cámara ardiente en la Iglesia la Concepción.
En la legendaria plaza Alfonso López, Leandro fue acompañado por muchos de los artistas a quienes engrandeció con sus obras, entre ellos Carlos Vives, quien internacionalizó la música vallenata y como agradecimiento cantó sus composiciones junto a Ivo Díaz, además de hijo, lazarillo de Leandro.
Muchos acordones tristes recordaron las creaciones del 'Ciego de oro': los niños del Vallenato, del Turco Gil; los jóvenes de la Escuela de Rafael Escalona; los reyes vallenatos Hugo Carlos Granados, José María 'Chemita' Ramos y Almes Granados, y cantautores como Náfer Durán, Iván Ovalle, Deimer Marín y Jorge Oñate.
Fue resaltada la presencia de Matilde Lina, la musa que inspiró una de las canciones que más gloria le dio a Leandro Díaz y se convirtió en tema insigne de la música vallenata. Aunque el amor de Leandro no pudo transcender de esa canción, Matilde no dejó que el juglar partiera sin agradecerle aquella composición y haberla hecha famosa.
El cuerpo de Leandro fue llevado al Cementerio Central de Valledupar. Su legado, en cambio, perdurá muchos años más gracias al centenar de canciones que dejó

Descanse en paz, verdadero maestro
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